La crisis del COVID-19: oportunidad para el sector financiero

La crisis del COVID-29: oportunidad para el sector financiero

Autor: Eskildsen, Jan – Julio 15, 2020

A diferencia de la crisis del 2007-2009, cuando el sistema global bancario fue una causal del deterioro económico, en esta crisis los bancos están posicionados como parte de la solución, y ese es el rol que deberán jugar. ¿Cómo pueden hacerlo?

Las evidencias del profundo impacto de la crisis del Covid-19 ya pueden verse en toda la región. Tanto las grandes empresas como las pymes de América Latina y el Caribe (ALC) sintieron una súbita interrupción en sus cadenas de valor y flujos de caja, limitando la capacidad de hacer frente a sus compromisos financieros. En consecuencia, el sistema financiero también padece estos efectos, y los bancos verán afectada su calidad de cartera y provisionamiento, lo cual reducirá su rentabilidad y posiblemente su solvencia.

Sin embargo, a diferencia de la crisis del 2007-2009, la mayoría de los bancos en la región han entrado en esta desafiante situación en una posición financiera más sólida que en el pasado. Muchos países habían adoptado regulaciones creadas a partir de la última crisis financiera para fortalecer los balances, e inclusive algunos ya habían adoptado recomendaciones del marco regulador Basilea III.

Sumado a esto, hoy día los reguladores en la región han sido proactivos al tomar medidas para incentivar a los bancos a reestructurar términos o refinanciar a sus clientes, incluyendo disposiciones temporales sobre la contabilización de préstamos atrasados y el uso de reservas anticíclicas.

Entidades financieras como Banco Promerica Costa Rica son un buen ejemplo de las iniciativas que se están tomando al nivel comercial: un 70% de su cartera de negocios son PYME, y el foco está ahora en identificar a aquellos que requieren apoyo y préstamos para mantener los flujos necesarios para continuar operando.

Con sectores específicos de la economía como el turismo, el comercio y el transporte bajo especial presión, Promerica ha tomado medidas específicas de alivio. Estas incluyen una mora de pagos para los clientes del sector turístico hasta 2021. La escala del problema es evidente al observar que el banco ha brindado apoyo financiero al 52% de su cartera de negocios desde Junio.

Sin tener la necesidad de refugiarse en una limitada liquidez, los bancos tienen una oportunidad para salir de la crisis con un mejor posicionamiento estratégico del que tenían previo al surgimiento del Covid-19. Entre las iniciativas que podrían adoptar están:

  • Implementar la banca digital: Salvo algunas excepciones, los intermediarios financieros en ALC han demorado en implementar iniciativas de digitalización en comparación a otras regiones. Resulta evidente la necesidad actual de ofrecer servicios digitales como resultado del distanciamiento social. Sin embargo, los bancos han de implementar medidas más agresivas y permanentes para transformar su modelo de negocio a digital. Dada la limitada actividad económica, en los próximos meses se espera un bajo volumen transaccional, lo que podría significar una oportunidad para desarrollar plataformas y procesos que ofrezcan a los clientes una experiencia 100% digital.
  • Asociación con fintechs y otros comercios: Siguiendo el punto anterior, salvo limitadas excepciones, los sistemas financieros de ALC no han mostrado mucha disposición a evolucionar hacia la banca abierta u open banking. La banca abierta es un esquema que permite a consumidores y empresas compartir de forma eficiente y segura su información bancaria con terceros (previa autorización). Este intercambio de información, vital en el fomento de asociaciones comerciales con empresas de tecnología financieras o no financieras, ofrece gran valor agregado a los clientes de la banca. Estos nuevos servicios y productos pueden ser adicionales a la oferta actual, o desprenderse del servicio existente en busca de mejoras. La oferta diferenciada, que la coyuntura actual demanda, se traduce en grandes oportunidades para la innovación bancaria e inclusión financiera en ALC. Si bien el apoyo de reguladores para implementar enteramente el open banking será necesario, ya existen países en la región desarrollando el cambio requerido (e.g., México).
  • Enfoque del negocio en el valor compartido: Desde mucho antes de la pandemia, ya existía una tendencia de las empresas de enfocar su modelo de negocio hacia un valor compartido, es decir, ir más allá del valor económico empresarial y generar valor para la sociedad. Existe amplia literatura e investigación académica que nos indica que las empresas que velan por todos sus stakeholders generan mayor valor a sus accionistas a largo plazo. En 2019, el Business Roundtable –asociación que reúne a los líderes de las mayores empresas de EEUU – generó una interesante reacción a partir de una declaración en torno a la redefinición del propósito de las corporaciones; en ella confirmaban la tendencia, al indicar que los ejecutivos deben velar no solamente por sus accionistas, sino incorporar valores como el trato ético y justo con proveedores y apoyar a las comunidades en donde se opera. La crisis del COVID-19 presenta una oportunidad para la banca en general a reivindicarse por posibles perjuicios del pasado, mostrándose como verdaderos catalizadores de la economía y generando un impacto positivo ante sus empleados y comunidad. Sin embargo, esto no debe de ser sólo una ayuda temporal. Es una oportunidad para que los intermediarios financieros revisen sus estrategias e incorporen de forma estructural un enfoque de impacto social y ambiental.

Si bien aún no es posible hablar de cifras concretas, la crisis del Covid-19 es sin duda una oportunidad para que los intermediarios financieros se transformen y estén mejor posicionados a largo plazo. A diferencia de la crisis del 2007-2009, cuando el sistema global bancario fue una causal del deterioro económico, en esta crisis los bancos están posicionados como parte de la solución, y ése es el rol que deberán jugar.

De la mano de las instituciones de desarrollo, los intermediarios financieros pueden lograr que el necesario acercamiento con sus empleados y comunidades sea el principio de una evolución hacia un modelo de negocio con un mayor impacto social y ambiental de largo plazo.

La próxima fase de la crisis: Se necesitan nuevas medidas para una recuperación resiliente

La próxima fase de la crisis:

Se necesitan
nuevas medidas para una recuperación resiliente

Cuando los ministros de Hacienda y gobernadores de los bancos centrales del G-20 se reunieron en abril de este año, el mundo se encontraba en medio del Gran Confinamiento forzado por el brote de COVID-19. Esta semana se reúnen de manera virtual, en un momento en que muchos países están reabriendo gradualmente, aunque la pandemia todavía está entre nosotros. Sin duda, hemos entrado en una nueva fase de la crisis, una fase que exige nuevas medidas y más agilidad en las políticas para asegurar una recuperación duradera y compartida.

El mes pasado, el FMI anunció un deterioro de las perspectivas económicas y proyectó que el crecimiento mundial se contraería un 4,9% este año. Una noticia algo alentadora es que la actividad económica mundial, que registró un descenso sin precedentes a comienzos de este año, ha comenzado a fortalecerse de manera gradual. Se prevé que la recuperación parcial continúe en 2021. Las medidas excepcionales adoptadas por muchos países, incluidos los del G20 —con medidas fiscales de aproximadamente USD 11 billones e inyecciones masivas de liquidez por parte de los bancos centrales—, frenaron la caída de la economía mundial. No debe subestimarse este extraordinario esfuerzo .

Pero todavía no estamos fuera de peligro. Una segunda oleada mundial de la enfermedad podría perturbar nuevamente la actividad económica. Entre otros riesgos están las valoraciones sobredimensionadas de los activos, la volatilidad de los precios de las materias primas, el aumento del proteccionismo y la inestabilidad política.

Por el lado positivo, los avances médicos en vacunas y tratamientos podrían dar un impulso a la confianza y la actividad económica. Estos escenarios alternativos dejan ver claramente que persisten los niveles sumamente elevados de incertidumbre.

En muchos países la crisis dejará cicatrices económicas muy profundas. Los graves trastornos en el mercado laboral son una preocupación importante. En algunos países se han perdido más empleos en marzo y abril que los que se han creado desde el final de la crisis financiera mundial. Los cierres de los colegios también incidieron en la capacidad de la gente, en particular las mujeres, de participar en el mercado de trabajo. Afortunadamente algunos empleos se han recuperado desde entonces, pero la proporción de la población en edad laboral que está empleada es mucho menor que a comienzos de 2020. Además, es probable que el impacto en el mercado laboral tenga un alcance mucho mayor, ya que muchas de las personas que están empleadas están trabajando menos horas.

Las quiebras también son cada vez más habituales a medida que las empresas agotan sus reservas de liquidez.

Y el capital humano también está en riesgo: la educación de más de 1.000 millones de alumnos en 162 países se ha visto interrumpida.

La cuestión de fondo es que la pandemia probablemente incrementará la pobreza y la desigualdad, lo que una vez más dejaría dolorosamente al descubierto las deficiencias de los sistemas sanitarios, la precariedad del empleo y las difíciles perspectivas a las que se enfrentan los jóvenes para poder acceder a las oportunidades que tanto necesitan.

Para que la recuperación sea más inclusiva y resiliente, debemos actuar en dos esferas fundamentales: 1) políticas nacionales y 2) esfuerzos colectivos.

1. Políticas nacionales: Sostener fuentes vitales de actividad específicas

Los países se encuentran en diferentes etapas de la pandemia, por lo que sus respuestas también variarán. Como el FMI ha subrayado, los países de mercados emergentes y en desarrollo serán los más afectados por esta crisis debido a que se enfrentan a retos mayores y a disyuntivas más pronunciadas que las economías avanzadas, y necesitarán más apoyo durante un período más prolongado. Dicho esto, existen varios imperativos en materia de políticas nacionales que son de aplicación general.

Proteger a las personas y los trabajadores. En todo el mundo, los países han reforzado las fuentes vitales de actividad económica de las personas y los trabajadores. Estas redes de seguridad deben mantenerse según sea necesario y, en algunos casos, ampliarse: desde la licencia retribuida por enfermedad para familias de bajo ingreso, hasta el acceso a asistencia sanitaria y seguros de desempleo y la ampliación de las transferencias monetarias y en especie para los trabajadores del sector informal, siendo a menudo los mecanismos digitales la mejor opción para su prestación. Resulta alentador que los países con mayores niveles de desigualdad hayan dedicado porcentajes mayores de apoyo a los hogares, entre ellos los pertenecientes a grupos vulnerables.

Al mismo tiempo, muchos empleos nunca se recuperarán debido a que la crisis ha desencadenado cambios duraderos en los patrones de gasto. Se debe continuar apoyando a los trabajadores, entre otras formas mediante la reconversión laboral, para que puedan moverse desde sectores que se están contrayendo hacia otros que están en expansión.

Apoyar a las empresas. También se apoya a las personas y a los trabajadores al ampliar las fuentes vitales de actividad para incluir negocios viables. En el G-20, se ha proporcionado apoyo a más empresas mediante el alivio en el pago de impuestos y contribuciones a la seguridad social, donaciones y bonificaciones de intereses. Una proporción significativa se ha dirigido a pequeñas y medianas empresas (PYME), algo especialmente importante dado que las PYME son un motor fundamental de empleo. Sin este apoyo, el análisis del personal técnico sugiere que las quiebras de PYME se podrían triplicar, desde un promedio del 4% antes de la pandemia hasta un 12% en 2020, amenazando con aumentar el desempleo y perjudicar los balances de los bancos.

Un aumento de las quiebras obligaría a los gobiernos a adoptar difíciles decisiones sobre si apoyar a las empresas y cómo hacerlo. Un análisis sólido de las perspectivas de liquidez y solvencia de las empresas puede orientar estas decisiones. La provisión de liquidez podría ser suficiente, por ejemplo, en sectores en que las pérdidas de ingresos son temporales, mientras que podrían ser necesarias aportaciones de capital a algunas empresas insolventes que son esenciales para luchar contra la pandemia o de las que dependen muchas vidas y medios de subsistencia.

Los costos fiscales de este apoyo son sustanciales y el aumento de los niveles de deuda es una preocupación seria. Sin embargo, en esta etapa de la crisis, los costos de un repliegue prematuro son mayores que la continuación del apoyo donde es necesario. Por supuesto, las medidas deben estar focalizadas y los presupuestos deben evaluarse con vistas a la eficacia en función de los costos y la sostenibilidad de la deuda a mediano plazo.

Mantener la estabilidad financiera. Las pérdidas de empleo, las quiebras y la reestructuración de sectores podrían presentar importantes retos para el sector financiero, como por ejemplo pérdidas crediticias para las instituciones financieras y los inversionistas. La regulación y la supervisión deben apoyar el uso flexible de las reservas de capital y liquidez existentes, en consonancia con las normas internacionales, lo que a su vez facilitaría la continuidad del suministro de crédito a empresas viables. La política monetaria debe seguir siendo laxa en los casos en que las brechas del producto sean importantes y la inflación esté por debajo del nivel fijado como meta, como es el caso de muchos países durante esta crisis.

Una prioridad nacional importante para las autoridades económicas es velar por el funcionamiento eficaz de los mercados monetarios, los mercados de divisas y los mercados de valores. La coordinación entre bancos centrales y el apoyo adecuado por parte de las instituciones financieras internacionales seguirán siendo esenciales en este sentido.

En efecto, la cooperación internacional es vital para minimizar la duración de la crisis y asegurar una recuperación resiliente. Los ámbitos en los que la acción colectiva es fundamental incluyen:

  • Garantizar suministros sanitarios adecuados: a través de la cooperación en la producción, compra y distribución equitativa de vacunas y terapias eficaces, llevada a cabo inclusive en forma transfronteriza.

  • Evitar nuevas fracturas en el sistema de comercio mundial: los países deben hacer todo lo posible por mantener abiertas las cadenas de suministro mundiales, acelerar la iniciativa de reforma de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y buscar un acuerdo integral sobre tributación digital.

  • Velar por que los países en desarrollo puedan financiar sus necesidades críticas de gasto y responder a los retos de sostenibilidad de la deuda: continuar los avances en la Iniciativa de Suspensión del Servicio de la Deuda del G-20 es especialmente importante.

  • Fortalecer la red de seguridad financiera mundial: entre otras cosas, considerando nuevas ampliaciones de las líneas de crédito recíproco y el uso mejorado de los derechos especiales de giro (DEG) del FMI.

El FMI, por su parte, ha respondido a esta crisis de forma sin precedentes, entre otras cosas, con financiamiento de emergencia a 72 países en tres meses. Con el apoyo de nuestros 189 países miembros, aspiramos a hacer aún más en esta próxima fase crítica.

Podemos inspirarnos en el gran poeta libanés, Khalil Gibran, quien dijo una vez: «Para entender el corazón y la mente de una persona, no te fijes en lo que ha logrado sino en lo que aspira a hacer» .

Estoy convencida de que, pese al dolor y el sufrimiento que esta pandemia ha causado, podemos aspirar a transformar nuestro mundo. Tenemos una oportunidad única de hacer que el futuro sea mejor: un mundo que sea más justo y equitativo; más verde y sostenible; más inteligente y, sobre todo, más resiliente.

Para aprovechar esta oportunidad y lograr una mayor resiliencia es necesario tomar las siguientes medidas: 1) invertir en la gente, en educación, salud y protección social, y en evitar el fuerte aumento de la desigualdad que esta crisis podría desencadenar; 2) promover un crecimiento de baja intensidad de carbono y que fomente la resiliencia climática, por ejemplo mediante una asignación racional del gasto público; y 3) aprovechar la transformación digital, ya sea ampliando el uso de plataformas de gobierno electrónico para mejorar la eficiencia y la transparencia y a la vez reducir la burocracia, o recurriendo al aprendizaje a distancia o el teletrabajo.

Las autoridades económicas del G-20, y todos nosotros trabajando juntos, debemos aprovechar la oportunidad de hacer que este futuro se convierta en realidad.